viernes, 20 de junio de 2014

EL ENTRENADOR TRANSVERSAL


Después de haber entrenado durante varios años divisiones infantiles y de observar y tratar empírica y científicamente porqué en algunos casos existía deserción sin fundamentación alguna (las respuestas eran vagas, tanto de jugadores como de padres y de los entrenadores), decidimos interiorizarnos en el tema.

Luego de variadas consultas a antiguos entrenadores, psicólogos y maestros formales, llegamos una conclusión que puede morigerar aquélla deserción y ayudar a la contención de nuevos jugadores infantiles.
En primer lugar, los niños llegan al club en su mayoría, sin saber qué es el rugby, para qué los llevaron sus padres, y mucho menos porqué lo invitó su amiguito.
Vienen de ámbitos muy distintos.

Hagan Uds. un simple retroceso en vuestras vidas y realicen las mismas preguntas que están más arriba. Seguramente no sabrán contestarlas, y los que sí pueden hacerlo, bienvenidos sean.

Piensen y reflexionen:
- Los niños actuales decididamente son diferentes a aquellos que nosotros supimos conocer.
- No tienen posibilidades de ejercitar su motricidad (no todos viven en barrios cerrados, ni pueden jugar con sus amigos en la vereda del barrio, y solo existen honrosas excepciones del sistema formal educativo que destina fondos y recursos a estos temas).
- Nacieron en la era digital. Su realidad es distinta, sus acciones se transmiten a través de aparatos electrónicos y no en un campo de juego o una vereda cualquiera.
- Sus padres, en la mayoría de los casos están demasiado ocupados en sus asuntos para dedicarles tiempo a los juegos físicos que ayudaría muchísimo a los entrenadores de rugby.
- Recibir o atestar un golpe (siempre bien intencionado), tampoco existe en la realidad de estos niños, sus relaciones son a la distancia (del cable de la computadora o del teléfono).
- Así, podríamos repetir y descubrir decenas de situaciones similares que contradicen lo que luego los entrenadores tratamos de enseñar en los entrenamientos en el club.

Entre éstas reflexiones descubrimos junto a los profesionales de la psicología y personas idóneas consultadas, que los entrenadores estamos incurriendo en un error involuntario que es a nuestro humilde modo de ver, grave, que expulsa jugadores en vez de reclutarlos y retenerlos.
Imaginen un niño (me pasó muchas veces), que viene por primera vez al club (estamos hablando siempre de niños, no de juveniles, ese es otro tema más complicado). La realidad de ese niño hasta que pisó el club es: su familia, su escuela, y sus amigos circunstanciales.

Qué hacemos equivocadamente nosotros?
Inmediatamente los introducimos al grupo, tratamos que sea aceptado por todos, e inevitablemente, con dos o tres indicaciones, le resumimos las reglas de un deporte que tiene demasiadas para aprender, generalmente ilógicas desde la mirada del deporte más practicado en la Argentina (fútbol) y por sobre todo, que tiene un roce necesario de cuerpos, campo de juego y el objeto (pelota) que es diferente a todas las ya conocidas por ellos.

Sitúense por unos instantes en la percepción de ese niño:
1) Quizás vino invitado por un amigo,
2) Quizás lo llevó un padre exrugbier que pretende que sea un Puma en dos partidos,
3) Quizás lo trajo un padre que de rugby no tiene la menor idea.
Es una situación difícil y que aparece a veces como traumática.

Hasta aquí, las críticas que hacemos, inclusive a nosotros mismos.
Pero como todos los problemas, aparece la luz de las soluciones, que son las que proponemos, pueden haber muchas más, pero estas son las concluyentes:

1.- Crear un gabinete de “recepción del nuevo jugador” que NO debe ser ni el entrenador de la división a la cual corresponde se incluya el niño, ni el manager, ni el secretario del club.
2.- Necesariamente debe ser uno o varios entrenadores carismáticos, que “reciban” a estos nuevos jugadores.
3.- Estos deberán: mostrarles el club en su totalidad (puede ser en compañía de sus padres, eso facilitará la confianza hacia el novel jugador), explicarles de qué se trata el rugby y porqué es el mejor deporte para nosotros, y luego presentarlo a sus compañeros.
4.- Por lo menos durante dos meses u ocho entrenamientos, enseñar las destrezas básicas correctamente, vincularlos con los miedos que deben superar (el contrario, la pelota, el piso, etc.), y demostrarles que jugar no es golpearse ni sacrificarse, sino que, jugar es DIVERTIRSE.
5.- Una vez preparados, incluirlos en el grupo, sin menospreciar el natural cinismo de los niños, lo que también ocasiona muchas veces deserciones inesperadas de niños que podrían compartir con sus compañeros toda su vida dentro del club que tanto amamos.
6.- Debe ser una tarea normal, no forzada, lo más natural posible, así, cuando se incorporen definitivamente al grupo al cual corresponden se incluyan, la autoestima de estos “NUEVOS” se encuentre alta, porque saben que pasaron por una etapa evolutiva corta pero muy necesaria, que sus mismos compañeros de club le brindaron para un mejor bienestar en el ingreso al rugby como deporte lúdico.
7.- En los casos en los cuales se produzca algún retroceso, (que también es natural), no vendría mal volver al “gabinete” por un par de semanas y reforzar los conocimientos.
8.- En las tareas grupales, donde no existe el roce, por ejemplo la ejercitación exclusivamente física, podrían estar incluidos en sus grupos respectivos para ir morigerando la resistencia a la inclusión de “nuevos” que manifiestan natural y repito cínicamente los niños
9.- Por ningún motivo deberíamos estigmatizarlos, solamente, están aprendiendo lo que “…ustedes ya saben, esa debería ser la respuesta…”. Los niños no indagan demasiado, recuerden que siempre hacen lo que ven, y si todos observan que al “nuevo”, cuando se ponga la camiseta el domingo no se le va a caer la pelota, ni se va a amedrentar ante un tackle, no son incapaces de comprender que todo ese trabajo los beneficia como conjunto.
10.- Es cuestión de animarse a practicarlo. Obtendremos también mayor seguridad (regla básica del rugby infantil), el agradecimiento de los padres (por nuestra preocupación en el tema), la sonrisa de los que “ya saben jugar” porque comprenderán el trabajo que se está haciendo, y el inestimable reconocimiento de nuestros colegas entrenadores, puesto que no deberán repasar conceptos ya aprendidos cuando el “nuevo” se incorpora y el grupo no perderá su homogeneidad.
11.- Hay que animarse y buscar los recursos humanos necesarios, no es imposible practicar esta idea que ya se realiza en clubes del exterior y de nuestro país.


Luis Horacio Ibañez Gattelli
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